MARÍA ODETTE CANIVELL ARZÚ
Esta historia surgió de una visita al Museo de Yad Vashem en Jerusalén. En 1996, acompañé a una delegación del Ministerio de Relaciones Exteriores israelí al Museo del Holocausto. El museo de divide en dos secciones: la historia del Holocausto propiamente dicha, y el Museo de niños. Si la primera sección causa un impacto imposible de describir en palabras, la segunda, con sus 'Memorias de los niños', es sobrecogedora. Los visitantes entran a un cuarto oscuro. La única fuente de luz en el recito proviene de millares de velas encendidas en honor a cada niño que pereció en el Holocausto. Una voz serena nombra a las víctimas inocentes, anunciando su edad y su país de origen... Con cada nombre que escuchaba sentía una rabia sorda por la futilidad de estas muertes. Quizá algún militar pragmático pueda explicar la pérdida de vidas humanas en una guerra, pero no creo que exista alguien capaz de encontrar un motivo para justificar la muerte de todos esos niños indefensos.