Hay una paradoja en el origen de este libro: fue escrito por alguien que, de niño, se niega a leer partituras. Aprende de oído, de cuerpo, de memoria. Sin embargo, o precisamente por eso, a través del proceso de aprendizaje termina mirando el pentagrama como quien mira una radiografía: buscando no la nota en la memoria, sino la arquitectura que la sostiene. Algo parecido ocurre con la escucha analítica. Lo que primero se incorpora de modo ingenuo, emulativo y de pura forma deviene- a través de nuestra matriz conceptual de interpretación- en lectura estructural. El trabajo de la interpretación es siempre a través de un prisma, un sistema, que corre el ángulo de lo dicho para esclarecer una relación entre los síntomas y el sujeto que brota del conflicto pulsional de estructura en cada caso. Este libro hace eso. Pero con un giro que no es menor: el autor no se sirve del psicoanálisis para interpretar la música. Hace el movimiento inverso, o mejor dicho, simultáneo. Deja que la teoría musical piense la clínica. Que el sistema de notación, la improvisación, la síncopa, la polifonía devengan nociones con las que leer lo que ocurre en el consultorio, Esos actos elementales con que el practicante incide en el discurso del analizante para discernir sus síntomas y promover la cura. Un libro así solo puede escribirse desde adentro de la práctica. Y solo puede leerse también desde adentro. No requiere formación musical, como el autor aclara desde el principio. Requiere, en cambio, haber estado sentado frente a alguien que habla y haber sentido que algo de lo que dice se escapa. Que el acento está puesto en un lugar que distrae de otro. Que hay una arquitectura en ese discurso que todavía no terminó de leerse.